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Una vida bien hecha

En su libro Ética a Nicómaco, Aristóteles explora temas que rebasan lo material y entran de lleno en una pregunta incómoda: ¿qué significa vivir bien? Para él, la verdad práctica no es una teoría bonita, sino algo más exigente: orientar la vida hacia el bien.


Aquí aparece el primer reto: si el bien es “alcanzar lo mejor”, ¿cómo definimos “lo mejor” si cada persona —y cada profesión— parece perseguir cosas distintas?


Pensemos en Pedro, cirujano reconocido: el bien de su oficio consiste en la salud y el bienestar del paciente. Irene, maestra de física en preparatoria, persigue un bien diferente: que sus alumnos comprendan el conocimiento y lo traduzcan en práctica. Leonardo, abogado brillante, apunta a otro fin: obtener la justicia que su cliente merece.


A simple vista, pareciera que el bien es relativo: cada ciencia tiene su propia meta y, por lo tanto, su propia idea de “lo correcto”. Sin embargo, Aristóteles nos empuja a ordenar el mapa: esos bienes profesionales son reales, pero no necesariamente son el destino final. Son bienes parciales, bienes “de oficio”, que cobran sentido dentro de una pregunta más grande: ¿para qué queremos salud, conocimiento o justicia?


La tesis de fondo es disruptiva: cuando los fines se fragmentan y no existe un bien superior que los coordine, la vida se vuelve un conjunto de objetivos sueltos. En cambio, cuando los bienes particulares se alinean con un fin más alto una vida plena, coherente y virtuosa— entonces cada profesión deja de ser solo una ocupación y se convierte en parte de una obra mayor: la construcción de una vida lograda.


Así, la diferencia entre Pedro, Irene y Leonardo no contradice a Aristóteles: la confirma. Hay muchos bienes, sí, pero la pregunta decisiva es cuál de ellos ordena a los demás.


Para Aristóteles, todo lo que hacemos apunta a algún “para qué”. A eso le llama telos: el objetivo final que le da orden y sentido a los demás objetivos. Por eso, aunque cada profesión persiga un bien distinto —curar, enseñar, hacer justicia— esos bienes no deberían quedar sueltos, como metas aisladas. Cobran verdadero peso cuando se conectan con una meta más grande.


Esa meta más grande es lo que él llama eudaimonía: vivir bien de verdad. No se trata solo de sentir placer, ganar dinero o acumular logros, sino de llevar una vida bien hecha, donde la persona actúa con criterio, con equilibrio y con firmeza. Dicho en lenguaje simple: los bienes que conseguimos importan, pero importan más cuando nos ayudan a ser mejores por dentro: a formar carácter, a vivir con coherencia y a tomar decisiones alineadas con lo más alto de nuestra razón y conciencia.

 
 
 

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